Encomana't

Encomana't és el blog de totes les persones que cada dia participem i fem possible el Casal dels Infants. És un espai per expressar les nostres emocions,inquietuds i motivacions que fan que prop de 1000 persones col·laborem i ens movem, acompanyant als infants, joves i famílies. És un espai obert a la reflexió, per donar valor a tantes experiències que ens captiven dia rere dia. Un espai per captar l'essència del compromís vers els altres, en definitiva, un espai per encomanar-nos els uns als altres de l'esperit del Casal que cada dia construïm entre tots i totes. Un espai creat per persones que creiem en les persones.

dijous, 29 de setembre del 2011

POR UN MUNDO MÁS HUMANO


Se abrieron las puertas del metro ante una multitud de personas que se precipitaban a salir, yo me levanté de mi banco en la estación, entré en uno de los vagones, ya tan despejado
que podía elegir donde tomar mi asiento. Todos los que habían bajado se dirigían con prisa a la ciudad de Barcelona desde bien temprano por la mañana. Yo iba en contra dirección, a despertar a la ciudad dormida en Santa Coloma, a sacar del sueño a niños que con pereza, entre sus sábanas contaban los minutos para no escuchar el timbre que les reclamaba preparados en la puerta para ser acompañados al colegio.
Era difícil no pensar en su frío cuando al salir de la estación me encogía entre mi ropa con los puños cerrados en los bolsillos de mi chaqueta en las mañanas de invierno. Era inevitable no pensar en su sueño cuando al llegar al centro el grupo de monitores y voluntarios observábamos nuestras propias caras de madrugadores, pero era imposible, irremediable que cada uno de nosotros no sonriéramos al ver las primeras caras de los niños que acudían al centro acompañados por sus padres. Con sus pequeñas piernas y sus caras risueñas ya empezaban a correr, a querer jugar, a desayunar, a llevarnos la contra, a hacernos caso.
Entonces unos monitores se quedaban con los pequeños más madrugadores y otra parte de ellos, que a veces contaba con mi compañía, nos dirigíamos hacia el bloque de casas del barrio de la alegría, alegría porque a buenas horas ya la cafetería cercana a la zona se quedaba pequeña y en la acera, los vecinos ya tomaban sus primeros cafés con leche entre murmullo de voces. El ruido de las furgonetas al arrancarse, los saludos de buenos días, el olor a pollo cocinándose en la sartén que se colaba tras la puerta. Un hombre arrastrando un somier por las escaleras. La abuela llamando a gritos a los niños para que se despertaran ante la insistencia de nuestros dedos pulsando el timbre. Los niños salían y entraban, a veces nos gritaban que no querían ir al cole, a veces había que ponerse serio. Pero aquella situación me despertaba del último bostezo, me daba energía, el barrio se había despertado, ahora le tocaba a los niños y era inevitable la satisfacción que experimentaba cuando salían vestidos por la puerta para venir con nosotros, la emoción cuando me cogían de la mano o se giraban desde la cola de clase para decirnos adiós, buscándonos entre la gente hasta dar con nosotros. Eso me hacía sentir que estábamos avanzando poco a poco, haciendo que ir al colegio no fuera una simple rutina aburrida, ni nosotros la representación de un castigo, sino aquellas personas con las cuales querían contar para que les acompañaran a clase, hacia el aula que les hacía igual que todos los niños, dándoles la oportunidad de aprender, presentándoles ante la sociedad para que los demás también aprendieran de ellos.
Pero no sólo aprendían los pequeños, a la vez me mostraban un camino de pasos hacia delante y de pasos hacia atrás, ni inmediato ni fácil, sino un camino de pequeñas pisadas. Será por eso que hará ya unos meses, que aquellos niños que necesitaban de nuestra insistencia para salir de la cama ahora acuden solos al centro a desayunar e ir después al colegio, será por eso que el grupo ha crecido en número y hay más niños que pueden y quieren ocupar su tiempo en ser niños.
Pero esta experiencia no termina en Santa Coloma, conocí otro proyecto el verano pasado en el barrio del Raval, con niños muy pequeños que acudían con sus madres al Casal. Entonces el buen tiempo invitaba a ir al parque mientras que sus madres aprendían catalán, a formar con un cubo y una pala un castillo en la arena, a escuchar aquella risa loca de inquietud cuando se tiraban por el tobogán, mezcla del miedo ante la altura y de la seguridad de sentirse sujetados en todo momento. Pero de eso se trataba, comenzaban a desarrollarse en el mundo paso a paso, empezaban a tener que separarse de sus madres, a pesar de los lloros iniciales, a ver en otras personas caras amigas que les ayudaran en sus pequeñas construcciones, a compartir los juegos, a dejar volar su imaginación, a veces jugaban a ser adultos, papás y mamás a partir de una muñeca, imitando comportamientos, observando, descubriendo nuevos objetos, dejarles que les dieran mil vueltas, que los tocaran, que se sorprendieran con los sonidos, que se rieran. Que empezaran a ver que la vida de los niños era, en fin, como un tobogán y que no les iba a faltar una mano a la que cogerse, aún cuando no se cogieran, un brazo que les envolviera para empezar sus aventuras en el mundo.
Tardes en el parque, mañanas de camino al cole y hoy día he vuelto a Santa Coloma, ahora por las tardes, no miento al decir que echo de menos los madrugones, pero se construyen nuevas historias y voy conociendo nuevas pequeñas vidas, bajitas de estatura, pero grandes de sentimiento, capaces todas ellas de emocionarme e ilusionarme y que son el motor que me mueven a ser voluntaria, a seguir pensando que juntos, personas por personas, podemos luchar por un mundo más humano.


Noelia Corbalán Voluntària de Santa Coloma, 2n Premi Concurs de Relats

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